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¿Qué es realmente un campeón?

Por Alfonso Rodríguez Vera

 

La palabra campeón no nació como un título simbólico ni como el resultado de una votación. Su origen proviene del latín campĭo, término que designaba al guerrero que combatía en el campus, el campo de batalla. En la Edad Media, el campeón era aquel que defendía una causa o un honor en combate directo, el que se imponía sobre su adversario y demostraba su superioridad sin necesidad de consensos ni interpretaciones. No era elegido: se ganaba ese reconocimiento luchando y venciendo.

 

Con el paso del tiempo, el concepto se trasladó al ámbito deportivo, pero conservó su esencia. Un campeón es quien domina a sus rivales, quien se impone con autoridad, quien marca diferencias claras y sostenidas. No basta con una victoria aislada ni con aprovechar circunstancias favorables; el campeón auténtico es aquel cuya supremacía resulta evidente para propios y extraños. Por eso, históricamente, la palabra ha estado asociada a valores como consistencia, jerarquía, fortaleza y legado.

 

Sin embargo, el término campeón también ha adquirido una dimensión más íntima y emocional. En el mundo de las carreras de caballos -y del deporte en general- no es extraño escuchar a un propietario referirse a su ejemplar como “mi campeón”, aun cuando ese caballo nunca haya ganado una carrera clásica ni haya alcanzado reconocimiento oficial. A veces, simplemente porque, dentro de sus propias limitaciones, ese caballo cumplió o superó las expectativas que se tenían sobre él.

 

También ocurre con los aficionados. Basta ver a un caballo ganar su primera carrera, provocar una emoción especial o despertar una ilusión, para que alguien diga con convicción: “Ese es un campeón”. Muchas veces, por diversas circunstancias -lesiones o mal manejo- esos caballos se quedan en el camino y no llegan a consolidar una gran campaña. Y, aun así, para quien vivió ese momento, el título de campeón conserva un valor legítimo y personal.

 

Esa utilización del término no es incorrecta, pero responde a un plano distinto. Es el campeón emocional, el que representa una satisfacción, una ilusión o una historia particular. Muy distinto es el campeón deportivo e histórico, aquel que se impone en la pista frente a los mejores, que sostiene su rendimiento en el tiempo y que deja una huella objetiva en su disciplina.

 

Entender esta diferencia es fundamental para no vaciar de contenido la palabra campeón. Porque una cosa es llamar campeón a un caballo desde el afecto o la experiencia personal, y otra muy distinta es otorgarle ese título como reconocimiento oficial dentro de una categoría competitiva.

 

El Eclipse Award: un campeón por votación

 

“Eclipse primero, el resto en ninguna parte”

 

En las carreras de caballos Pura Sangre en Estados Unidos, el reconocimiento oficial de campeón se materializa a través del Premio Eclipse (Eclipse Award), el galardón más prestigioso de la industria. Creado en 1971, el premio lleva el nombre de Eclipse, uno de los caballos más extraordinarios e influyentes en la historia del turf, una figura cuya sola mención evoca dominio absoluto y superioridad incuestionable.

 

Eclipse nació en Inglaterra en 1764 y su leyenda se construyó tanto en la pista como fuera de ella. Fue un caballo prácticamente invencible, famoso por ganar sus carreras con una facilidad tal que, en muchas ocasiones, sus rivales competían únicamente por el segundo lugar. Su supremacía era tan evidente que dio origen a la célebre frase: “Eclipse first, the rest nowhere” (“Eclipse primero, el resto en ninguna parte”). Más allá de sus triunfos, su mayor legado fue como semental: la inmensa mayoría de los caballos Pura Sangre modernos descienden de él, lo que lo convierte en un pilar genético de la raza.

 

No es casual, entonces, que el máximo premio de las carreras estadounidenses lleve su nombre. Eclipse representa la idea más pura de campeón: dominio, impacto y trascendencia histórica. Precisamente por eso, el uso de su nombre establece un estándar implícito muy elevado para quienes reciben el galardón.

 

 

Sin embargo, el Eclipse Award no se decide en la pista de manera automática, ni mediante un sistema de puntos o dominio matemático. Se trata de un premio definido exclusivamente por votación, en la que participan periodistas y comunicadores especializados, representantes de Daily Racing Form y miembros designados por la National Thoroughbred Racing Association.

 

Cada votante emite su selección en cada categoría, y el ejemplar que obtiene la mayoría simple de votos es proclamado campeón. No existe un requisito mínimo de carreras disputadas, ni una obligación de haber enfrentado a determinados rivales, ni un umbral objetivo que deba superarse para recibir el galardón.

 

Y aquí aparece un detalle fundamental: ninguna categoría del Eclipse Award puede quedar desierta. No hay en la boleta la opción de votar “ninguno”, ni la posibilidad de que los votantes expresen que, en una división específica, ningún caballo cumplió realmente con los méritos históricos o deportivos asociados al título de campeón. Incluso en temporadas irregulares, fragmentadas o carentes de una figura dominante, el sistema obliga a elegir.

 

Además, desde que se comenzaron a disputar las Breeders’ Cup, estas carreras han adquirido una influencia decisiva en los Eclipse Award. En muchas ocasiones, el ganador de una Breeders’ Cup ha sido proclamado campeón de su división incluso siendo esa su única actuación en Estados Unidos durante toda la temporada. Esto refuerza la idea de que, más allá de la consistencia o de la campaña completa, una actuación destacada en el momento preciso puede pesar de manera desproporcionada en la votación.

 

En consecuencia, siempre habrá un campeón oficial, aunque no siempre exista un campeón en el sentido profundo y original que encarnó el caballo cuyo nombre lleva el premio. El Eclipse Award garantiza un “campeón por reglamento”, pero no necesariamente un campeón por dominio absoluto, y esa diferencia se vuelve particularmente evidente en temporadas donde la supremacía real es discutible.

 

Ted Noffey y Citizen Bull: un mismo premio, dos realidades

 

 

En el mundo de las carreras de caballos, ganar el Eclipse Award suele ser sinónimo de excelencia. Sin embargo, la historia reciente demuestra que no todos los galardonados reflejan la misma supremacía dentro de su categoría.

 

La temporada pasada, el campeón indiscutible fue Ted Noffey, invicto en sus cuatro actuaciones, con tres victorias Grado 1 en tres hipódromos distintos y en tres estados diferentes: Hopeful Stakes en Saratoga (Nueva York), Breeders' Futurity en Keeneland (Kentucky) y Breeders’ Cup Juvenile en Del Mar (California). Ted Noffey no solo mostró un talento excepcional, sino que superó rivales de alto nivel en pistas y condiciones variadas, demostrando consistencia, adaptabilidad y autoridad. Su campaña fue un ejemplo perfecto de dominio y legitimidad, cumpliendo con todos los criterios que históricamente definen a un verdadero campeón. En mi opinión, su actuación incluso merecía considerarse para ser finalista al premio de Caballo del Año, con más méritos que Thorpedo Anna.

 

En contraste, Citizen Bull, ganador del Eclipse Award en 2024, tuvo una campaña sólida con dos victorias de Grado 1 en cuatro actuaciones, pero su triunfo estuvo condicionado por circunstancias estratégicas. Presentado por el entrenador Bob Baffert, se benefició de inscripciones que colocaron varios caballos de su establo en las mismas carreras, que solo se disputaron en California, y pudo correr en velocidad sin enfrentar presión real de sus rivales más fuertes. Aunque el premio lo reconoce oficialmente como campeón, su dominio no fue tan incuestionable ni su campaña tan consistente como la de Ted Noffey.

 

Este contraste evidencia una verdad fundamental: no todos los ganadores del Eclipse Award pueden ser llamados verdaderos campeones. Ted Noffey encarna el significado histórico del término: autoridad, consistencia y dominio absoluto. Citizen Bull, en cambio, aunque exitoso y merecedor del premio en el marco del sistema, representa un caso donde el galardón refleja más circunstancias que supremacía real.

 

Reconocer esta diferencia es esencial para preservar el valor del título de campeón. Porque un premio puede otorgarse por votación y circunstancias, pero un verdadero campeón se impone en la pista y deja un legado que trasciende la temporada.

 

Forever Young: ¿campeón por un solo triunfo?

 

 

La Breeders’ Cup Classic es, por tradición, una de las carreras más influyentes en la decisión de los Eclipse Awards, especialmente a la hora de elegir al Caballo del Año. Desde que existen las Breeders’ Cup, ganar esa carrera sola ha pesado tanto en la votación que, en ocasiones, un ejemplar con una única actuación destacada en Estados Unidos puede ser considerado para un galardón anual.

 

Un caso emblemático de esta situación reciente es el de Forever Young, que ganó la Breeders’ Cup Classic en Del Mar, ofreciendo una actuación sensacional al derrotar al vigente campeón de tres años Sierra Leone, al campeón de dos años de 2023 Fierceness y a otros competidores de alto nivel, a pesar de que fue su única salida en Norteamérica durante toda la temporada.

 

La victoria de Forever Young fue histórica: se convirtió en el primer caballo japonés en ganar la Breeders’ Cup Classic, la carrera más prestigiosa de la jornada, y lo hizo mostrando fortaleza y carácter contra un lote de elite. Para muchos aficionados y expertos, esta victoria resonó como una actuación digna de reconocimiento y discusión para premios anuales de alto nivel, incluso más allá de la categoría en la que compitió.

 

Sin embargo, la situación abre un debate interesante. ¿Puede un solo triunfo, aunque sea en la BreedersCup Classic, justificar el título de campeón, especialmente si esa fue la única actuación en Estados Unidos? Muchos argumentan que sí, porque la Classic suele reunir a los mejores de la temporada, mientras que otros sostienen que un verdadero campeón debería mostrar dominio y consistencia más allá de una sola carrera clave.

 

Este ejemplo de Forever Young, que en nuestra opinión no es el caso, ilustra cómo el sistema de votación y la importancia de ciertas carreras pueden influir de manera desproporcionada en el otorgamiento de un título, elevando actuaciones puntuales a la categoría de “campeón” oficial, aunque el recorrido completo de la temporada no siempre refleje un dominio absoluto.

 

Sovereignty: ¿dominio gracias a elegir sus batallas?

 

 

Otro caso que muestra las complejidades del análisis de campeones es el de Sovereignty, el ejemplar más destacado de su generación y ganador del Kentucky Derby y del Belmont Stakes, en una campaña que demostró consistencia, calidad y superioridad al máximo nivel. Tras ganar dos de los tres pasos de la Triple Corona, Sovereignty confirmó su clase frente a los tres años en el Travers Stakes de Saratoga, conocido como el “Derby de verano”, reafirmando su autoridad y talento indiscutible. Por todo ello, lo llamamos un “individuo superior”, al que se le respetaron sus tiempos.

 

Sovereignty dominó la división de tres años con autoridad en esas pruebas clásicas, y su entrenador, Bill Mott, tomó decisiones estratégicas que reflejaron cuidado y visión a largo plazo. Optar por no correr el Preakness Stakes, la segunda gema de la Triple Corona, fue una elección deliberada que priorizó la salud, la preparación y el rendimiento óptimo del caballo, a pesar de que algunos consideraran que debía intentar completar la Triple Corona.

 

Del mismo modo, cuando se aproximaba la Breeders’ Cup Classic, Sovereignty fue retirado de la carrera debido a una enfermedad leve, evitando riesgos innecesarios antes de enfrentar a los maduros en la prueba definitiva de la temporada. Estas decisiones, lejos de disminuir su calidad, demuestran un manejo inteligente y responsable de un individuo superior, que no necesitaba exponer su condición para reforzar su reputación.

 

Aunque algunos puedan cuestionar que no se midió en condiciones exigentes ni contra todos los rivales posibles -los maduros-, la realidad es que Sovereignty mostró un dominio indiscutible en las grandes carreras que disputó, exclusivas para los ejemplares de su generación. Su campaña reafirma que ser un verdadero campeón no depende únicamente de participar en todas las oportunidades, sino de hacerlo de manera que refleje consistencia, autoridad y excelencia.

 

Campeones oficiales y campeones en sentido profundo

 

La reflexión que surge al comparar los casos de Ted Noffey, Citizen Bull, Forever Young y Sovereignty va más allá de simples preferencias o simpatías. Muestra que, en el turf moderno, el título de campeón puede tener dos significados distintos:

 

1. El campeón oficial, otorgado por votación en base a resultados y percepciones, influenciado por grandes carreras como las Breeders’ Cup, campañas cortas, éxitos puntuales y decisiones estratégicas de conexiones.

2. El campeón en sentido profundo, aquel cuya carrera demuestra dominio, consistencia, autoridad y superioridad tangible sobre sus rivales, más allá de una votación o un solo resultado destacado.

 

Se puede respetar el sistema de premiación tal como está, pero también es saludable recordar que un título no siempre equivale a supremacía deportiva absoluta. Algunos campeones dejarán un legado claro, con campañas dominantes que justifican plenamente su nombre. Otros serán recordados más por el contexto que por la contundencia de su dominio.

 

Y reconocer esa diferencia no debilita la historia de los premios, sino que enriquece la forma en que entendemos el deporte, la competencia y la verdadera naturaleza de ser un campeón.

 

Anécdotas Hípicas Venezolanas, sábado 31 de enero de 2026

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