Anécdotas Hípicas Venezolanas presenta

La Tarde que Indudable perdió la Triple Corona

Por Winston Hernández

 

Aquel domingo 1ero de julio de 1.984 fui con mis padres y mi hermano al Hipódromo La Rinconada. El cielo estaba oscuro y se presagiaba un día lluvioso, pero eso poco nos importó a nosotros y a los miles de fanáticos que nos dimos cita en el óvalo de Coche para presenciar la carrera más esperada del año: el Clásico República de Venezuela (Gr. 1, 2.400 metros) donde el hasta entonces invicto Indudable (1981, Gummo en Sally Laing por Bold Reason), crianza del Haras Varsego y propiedad del Stud Valecito estaba a punto de hacer historia al intentar la triple corona en calidad de invicto, algo que no se veía desde los tiempos del gran Gradisco (1957, Show Ring en Gradara por Orsénigo) que se convirtió en el primer ejemplar en lograr la triple gema en 1.960.

 

El Corsario (1969, Wa Wa Cy en Real Number por Pet Bully) había logrado la triple corona en 1.972 lo que quiere decir que, para ese momento, ya habían pasado doce años y la afición estaba sedienta de un nuevo monarca que lograra la hazaña. Indudable, a las órdenes de José Padrón y bajo el impecable entrenamiento de Julio Ayala, reunía todas las características para conseguirlo. Muchos pensábamos que el reto más difícil en las tres prueba era el Clásico José Antonio Páez (Gr. 1, 1.600 metros), carrera en que el valioso rematador liquidó en el momento decisivo al Ritmo Caribe (1981, Icy Fiery en Fast Cavan por More So) de Don Vittorio Catanese (+), agenciando marca de 97.1. La teoría anterior se vio reforzada la tarde del domingo 3 de junio cuando Indudable ganó, en espectacular atropellada. el Clásico Ministerio de Agricultura y Cría  (Gr. 1, 2.000 metros) por poco más de un cuerpo delante de The Iron que se había escapado en punta a la entrada de la recta final.

 

Sin embargo, las cosas resultarían de forma muy diferente a las que la lógica y el sentimiento indicaban. Bajo una fuerte lluvia se dio la partida del esperado evento.  The Iron, con su jinete habitual Juan Vicente Tovar (+),  y Electricista (1981, Radiodifusor en La Tixou por Hill Chance) salían a señalar la ruta. Ancares (1981, Chateaubriand en Patrulla por Parrot) se ubicaba en el tercero a distancia prudencial. Seguían: Biancamano (1981, Gallardo II en Iliada por Taki), Tanguero (1981, Stevward en Handsome Myth por Handsome Boy), Farax (1981, Get the Axe en Fare Swap por Warfare) -el cual rodó en la primera curva y se fue contra la baranda exterior lesionándose-, luego Indudable y último Giovanotto (1981, Gentleman’s Word en Avemora por Troubadour). Las señales de alarma se encendieron cuando The Iron dejó a Electricista en el camino, lo cual sucedió en los 700 finales e Indudable accionaba lejos, como de costumbre, pero lo peor es que lucía algo negado en la pista fangosa. Al ingresar en la recta final, todos gritábamos y aupábamos a Indudable pero su remate no era tan efectivo como en carreras anteriores y la meta estaba cada vez más cerca. La inmensa fanaticada no podía dar crédito a lo que veía: The Iron se convertía en el “villano del día”… o más bien del año… y el público enmudecía en las tribunas. Sólo los “tovaristas” furibundos celebraron con aplausos el regreso de The Iron que fue buscado por el “Number OneManuel Medina cuyo espectáculo no causó esta vez tanta gracia dadas las circunstancias.

 

Después de la carrera, el cielo se aclaró y poco después comenzó a hacer un sol radiante. Totalmente decepcionados, como la gran mayoría, estuvimos a punto de regresarnos a casa pero la enorme masa de aficionados que convirtieron nuestro pensamiento en acción nos retuvo en el hipódromo una carrera más. Esa fue la mejor decisión que pudimos tomar.

 

La siguiente competencia era una prueba para yeguas de 3 y 4 años, debutantes o no ganadoras en distancia de 1.300 metros. Mi papá había escuchado un programa radial la noche anterior. Dicho espacio, en una emisora de baja sintonía pero con buenos aciertos, tenía un invitado que dijo textualmente: “Es imposible que Caoma pierda esta carrera. Si esta yegua no gana, soy capaz de devolverles lo que le hayan jugado”. A lo que el moderador del programa intervino rápidamente y aclaró: “Señores, no nos responsabilizamos por lo que nuestro invitado acaba de decir”.

 

Mi padre, después de escuchar todo lo anterior, analizó esta prueba bajo la siguiente premisa: “Si Caoma debe ganar, ¿qué yegua debería llegar segunda?”. Después de un concienzudo estudio llegó a una sólida conclusión: Bumper Sub. Cuando Indudable perdió y nos quedamos para ver esa carrera, mi papá le pidió Bs. 50 a mi mamá para jugar la trifecta -apuesta que causaba furor en aquel momento- y la estructuró de esta forma: Caoma fija para el primero, Bumper Sub fija para el segundo y todas para el tercero. Como eran diez para esa posición y el boleto costaba Bs. 5, la trifecta salió exactamente en Bs. 50.

 

La carrera, insisto bajo un radiante sol que casi encandilaba, se desarrolló con Caoma liderando en la entrada de la recta final. Desde el fondo, Bumper Sub remataba por fuera -casi a lo Indudable- y una maraña de yeguas peleaban el resto de las posiciones. ¿El resultado? Mi papá acertó felizmente la trifecta y por un buen rato nos olvidamos del fracaso de Indudable. La pregunta que surge cuando un fanático gana una apuesta saltó de repente en nuestras mentes: ¿Cuánto pagará, serán 300, 500, 1000 bolívares?

 

Confirmada la carrera, sin ningún problema, el dividendo apareció en la pizarra: ¡más de Bs. 6.600!. Salimos corriendo a la taquilla, cobramos el boleto y tomamos un taxi para ir a casa. El taxi nos cobró Bs. 50, lo mismo que había costado la sortaria trifecta, y cuando íbamos en el camino comenzó a caer otra vez un soberano palo de agua que nos hizo recordar de nuevo la promesa incumplida de nuestro campeón Indudable. Hasta ese día no sabía lo que significaba la palabraagridulce, pero después de toda esta aventura lo entendí perfectamente.

 

Anécdotas Hípicas Venezolanas, jueves 28 de abril de 2011

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