Anécdotas Hípicas Venezolanas presenta

¡Ahora Cañón!

Por Humberto Villasmil Prieto

 

Cuarenta años hace de la mayor hazaña del deporte venezolano en cualquier tiempo: la victoria de Cañonero II en el Derby de Kentucky, "La carrera de las Rosas", con Gustavo Ávila up, la tarde del 1º de mayo de 1971 en el hipódromo de Churchill Downs, Louisville. La leyenda del hijo de Pretendre en Dixieland II por Nantallah, nacido en Norteamérica un día de 1968, ha pasado entre generaciones e, incluso, entre quienes no son aficionados al deporte de los reyes. Título engañoso, éste, pues nada hay más popular que la tribuna de cualquier hipódromo -del Caribe especialmente- con cientos de aficionados gritando como posesos, exhalando sonidos guturales, poniendo la boca en posición de beso para llamar a correr, para traerse a su caballo desde la curva, preparando ese instante épico del foto finish donde el jockey y el purasangre, como en un ballet, se acuerpan.

 

Que el viaje para correr la Triple Corona de EEUU fue una aventura, es un lugar común: en su actuación previa al periplo, en La Rinconada, Clásico Gobernador del DF, no figuró en el marcador, "en una actuación francamente lamentable", como solía decir “Aly Khan”, sin cuya voz la hípica de aquellos años sería inentendible. El potro corrió para las sedas del Stud Viglayape, de Pedro Baptista, camisa, manga y gorra marrón; marrón como él mismo, con lo que el "monstruo" Ávila, acaso sin saberlo y de la mano de esos duendes indescifrables que solo la hípica suscita, le rendía el más trascendental de los homenajes: vestirse de caballero con los colores de su piel.

 

En la más brillante crónica escrita jamás sobre la hazaña de aquel potro marrón, la de Herman "Chiquitín" Ettedgui (La Hazaña de Cañonero), se cuenta un diálogo entre Juan Arias, su trainer, y el jinete, una semana antes de la carrera: "Ávila, el potro se traga la avena que por cierto me parece mejor que la que comía en Caracas. Sin embargo, lo mejor de todo es que se ve ganoso. No sé, pero me parece que vamos a dar más de una sorpresa". Poco después, continua "Chiquitín", se suscitaba otro, de lo más premonitorio: "Juan -es Ávila quien habla ahora- tienes razón. El caballo está listo. Anda despierto y ligero pidiendo rienda y pista". Dos días antes de la carrera, cuando lo cepillaba, se le escuchó decir a Juan Quintero, su peón: "Este caballito es el mismo de Caracas. ¡Está que corta! (...) Estos gringos tendrán que volar si quieren ganarle...". Arias de ordinario le hablaba al caballo, técnica de entrenamiento o de intercambio sensorial, quién lo sabría, usual en La Rinconada pero que en EEUU motivó burlas socarronas. Hank White, un experto criador que había visitado la cuadra donde se alojaba Cañonero, continua "Chiquitín", se había acercado a Juan Arias para decirle: "Sígale hablando a ese potro y confíe en la suerte".

                                                                                                           

El Derby day se dieron cita en Churchill Downs unas 130.000 personas. Cañonero, el outsider, con el número 15 en la gualdrapa, partió en el puesto 18, entre 20 participantes, y no tuvo una buena arrancada. Ávila lo dejó tranquilo entre los últimos y así fue controlando la carrera hasta llegar al poste de los ochocientos finales, a la cámara lenta como la bautizara para siempre el inolvidable Mr. Chips. En ese momento -rememoraba "Chiquitín"- lo llamó a correr: "Ahora Cañón...", y el potro marrón comenzó a devorarse la pista. Giró la última curva superando a unos pocos y con todo ganó la carrera por 3 ¾ cuerpos, parando los relojes en 123”1. Los favoritos, Jim French, Bold Reason, Eastern Fleet y Unconscious, fueron revolcados por una atropellada corta pero fulminante. Ávila midió la carrera magistralmente. Al pasar la meta se levantó sobre los estribos, como era usual en él, como buscando a la Tribuna C de La Rinconada, ese templo que lo vitoreó con delirio tantas tardes, solo con la misma intensidad con que lo pitaba cuando se perdía con un favorito: el rito reservado a los jockeys tocados por la vara mágica de la idolatría.

 

 

Cañonero II llegó de "yearling" a Venezuela y fue dado casi como un "souvenir" al cerrarse la venta de un lote de caballos comprados en las subastas de Keeneland por el Turfman Luis Navas con destino a La Rinconada. Algunos hablan de que costó apenas US$1.200,00. Ganó la segunda de la Triple Corona, el Preakness Stakes en el Hipódromo de Pimlico en Baltimore, el 15-5-71, en una carrera memorable donde metió record de pista para la distancia de 1.900 metros, batiendo el tiempo del gran Nashua en 1955. Ávila y Ángel Cordero Jr., este sobre Eastern Fleet, el ganador del Florida Derby de ese año de 1971, pelearon casi toda la carrera, cabeza a cabeza, hasta que al girar la última curva el "monstruo" repetía su "mala costumbre", según los entendidos, de voltear a un lado y a otro de su cabalgadura, con lo que hacía saber que tenía caballo y que en ese momento llamaría a correr, pudiendo asegurarse que allí mismo se terminaba la carrera. Así fue; Cañonero II ganaba la segunda de la Triple Corona y se desataba la locura de cara a la tercera gema, 21 días después: el Belmont Stakes en New York, la carrera que nunca debió correr en resguardo de su gloria.

 

 

Se supo que sufrió la inflamación de los cascos, una micosis en el argot veterinario, y así no pudo trabajar por unos días y se atrasó. Se rumoreaba el retiro, pero el caballo estaba negociado con el King Ranch para correr un tiempo más y retirarlo a la cría. Ávila lo sacó adelante hasta que al girar la curva final se entregó llegando cuarto. Su jinete declaró luego que al llevar un caballo lesionado por la infección de la corona de su miembro posterior, además de estar atrasado por la falta de entrenamiento, decidió buscar la punta desde el vamos. Pero la carrera se corría en la clásica milla y media y los 400 metros finales resultaron interminables. Cuando Cañonero II se perdía con el caballo Pass Catcher, aquella tarde triste de Belmont Park, lloré inconsolablemente, como Venezuela entera lo hizo. Tenía este escribiente 13 años, entonces.

 

Cañonero II volvió a correr al año siguiente -1972- y ganó con G. Avila up, marcando record de pista en el mismo hipódromo de aquella tarde triste. Fue en el "match" de los dobles coronados: Riva Ridge y Cañonero II. El marco, el Stymie Handicap en 1.800 metros. El malogrado triple coronado, The Venezuelan Invader, fue "record horse" en el hipódromo donde había perdido la tercera de la Triple Corona. ¿Quién hubiera podido imaginarlo? Inmediatamente fue retirado a la cría. Quizás el noble potro se vengó de despedida tan anónima pues en la reproducción nunca dio nada y finalmente regresó a Venezuela donde murió, en 1981, con la misma discreción con que vivió y corrió cuando hizo campaña aquí. Rindo homenaje a un recuerdo y a una hazaña que unió a todo un país bajo las patas y el corazón de aquel potro marrón, marrón como las sedas que su jockey le dedicó.

 

Fuentes: Extraído del Diario El Universal de mayo de 2011.

 

Anécdotas Hípicas Venezolanas, viernes 23 de diciembre de 2011

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